Bogotá, Colombia. Esta es la historia de la celebración de la mujer Guzmán cuyo espíritu y fortaleza forjó a esta familia, esa misma fuerza que nos aglutina con pegamento de amor y generosidad. Esta es la historia de una fiesta de cumpleaños que se convirtió en una celebración familiar, una tradición hecha a nuestra manera. Esta es la historia de nosotros.
Cada año, antes de la Navidad, llegan los Guzmán, todos los Guzmán que puedan caber en la sala, la cocina y el patio de la casa de los anfitriones, Clara Inés Guzmán Guzmán (Clarita) y Gonzalo García Páez, mis padres. Los Guzmán de distintas generaciones llegamos a compartir en un festín que está incrustado en la memoria de la familia. Llegamos a celebrar la vida, nos juntamos para expresar el amor filial.
En esta fiesta tomamos aguardiente y comemos lechona tolimense para recordar nuestro origen y hacer honor a nuestros ancestros. Con guitarras, violines, algún acordeón, quizás una armónica, maracas y una guacharaca interpretamos boleros, tangos, villancicos, pasodobles, carrileras, vallenatos, joropos, bambucos y pasillos.
Clarita mantiene viva la memoria de la familia organizando el encuentro año tras año, tal y como, por casi 20 años, lo hizo su madre, mi abuela, Silveria Guzmán Guzmán, para celebrar su cumpleaños cada 23 de enero.
Silveria nació en un hogar humilde y trabajador dedicado a la mercadería. Fue la quinta hija de Herminia Guzmán y Sacramento Guzmán y hermana de Dominga, Leonidas, Víctor, Alberto, Amadeo, Sofía, Gustavo, Herminia y Eduardo. El significado de su nombre describe bien su personalidad: selva, silvestre, salvaje, Silveria fue una mujer fuerte y alegre, quien aunque no tocaba ningún instrumento, llevaba la música y la fiesta en la sangre, creció en un hogar musical, sus hermanos interpretaban instrumentos como el tiple, la guitarra, la bandola y el violín. Gracias al talento musical en sus venas, Herminia, su hermana menor, compuso el himno apócrifo de Girardot, municipio cundinamarqués e importante puerto sobre el río Magdalena donde establecieron sus padres la casa materna.
Hoy, solo Hernando José Ramírez Guzmán (hijo de Herminia y sobrino de Silveria) con su Trío Armonía, conformado hace unos 30 años, mantiene la tradición y el arte de tocar instrumentos de cuerda; ya en algunos primos de la nueva generación está pelechando la fuerza musical. Los otros integrantes del Trío Armonía, y sus familias, ya son Guzmán por derecho propio, pues le ponen música al sentimiento que representa la fiesta desde que esa celebración se instituyó en la familia.
Esta fecha la separamos para conmemorar la vida de todos los que trascendieron el mundo material y nos esperan del otro lado en espíritu. Mi abuela Silveria instituyó este encuentro y mi madre recogió la posta para convertirla en una tradición familiar. En ella somos la viva herencia de las carcajadas de mi abuelo Nazario Guzmán, las mismas que brotaban del viejo café del camellón del comercio cerca de la estación del ferrocarril en Girardot donde trabajaba y que se podían escuchar a una cuadra de distancia; somos la alegría y vivacidad de mis tías Mary Aurora y Mercedes, somos la destreza en el punteo, la risa pícara y contagiosa del primo Javier Lozada Guzmán. Somos la memoria de las parrandas con trío de cuerdas del tío Gustavo y el hermoso canto de guitarra del tío Alberto, de la ternura y amor de la tía Sofía y de la chispa encantadora del tío Eduardo.
La tía Herminia con la corrección del amor perseverante, nos enseña que nunca es tarde para alcanzar los sueños, ha llegado a retomar las clases de violín, canta y escribe para sentirse plena; ese talante junto a la fuerza indómita del tío Amadeo, quien, aunque la edad ya no lo deja tocar el violín, disfruta de la parranda como un niño, así sea de oídas. Amadeo ha llegado a salir de la postración de su lecho de enfermo solo para asistir a la fiesta.
Aquí no hay extraños, aun si es la primera vez que se asiste, si se es familia adoptiva, familia extendida o un invitado casual. A los Guzmán nos gusta la algazara, por eso nos da mucha ilusión ir a la fiesta. Todos esperamos expectantes a la llamada que llega a finales de noviembre para confirmar la asistencia. Clarita se sienta con ese gordo libro de contactos y libreta en mano a llamar personalmente a cada uno de los invitados, así como a concretar los detalles de la logística del encuentro, que van desde garantizar la comida y bebida, alquilar las sillas y separar la fecha de los músicos, hasta despejar áreas de la casa, en la víspera, para recibir a entre 70 y 100 invitados, esto incluye retirar muebles y redistribuir la sala-comedor de unos 36 metros cuadrados.
“Y aquí me siento a cantar en esta piedra caliente a ver si la dueña de casa se porta con aguardiente”. Sanjuanero huilense
Las puertas de la casa están abiertas desde las dos de la tarde del sábado previo a la Navidad para la fiesta que se puede llegar a extender más allá de la media noche, se consumen tres canastas de cerveza, cinco litros de aguardiente, una botella de Dubonnet, un litro de whiskey, 15 litros de pasantes, hielo, pasabocas y una lechona tolimense con insulso de maíz para cien personas, más lo que cada quien quiera aportar.
La reunión solo se ha dejado de hacer en pocas ocasiones por el fallecimiento de algún familiar, pero al año siguiente vuelve con algarabía. Cada fiesta tiene su anécdota. En una ocasión, cuando mi abuela organizaba la fiesta en casa de mi tía Mary y yo apenas terminaba la universidad y despuntaba como periodista, llama mi abuela y tenemos esta conversación: - “Mijito, présteme un millón de pesos para la fiesta. – Abuela, pero yo no tengo esa plata. – Pero si usted es periodista ¡y los periodistas tienen plata!”
En una de las primeras fiestas que organizó mi mamá, las mujeres se reunieron en la cocina de la casa para escribir coplas socarronas con las que cantamos y reímos todos. En otra ocasión, Christian, hijo de Eduardo “Lalo” Guzmán, siendo un adolescente, llegó temprano, antes de las dos de la tarde, fue el primero en llegar, se sentó en la sala y puso una caja junto a sus pies, al rato le pregunta a mi mamá: “¿Clarita, será que puedo tocar un par de vallenatos con mi acordeón?”, Y es que el chico había estado estudiando en una escuela de acordeón en Bogotá, esa fue una fiesta memorable como aquella en la que Yolanda Gómez, esposa de Hernando José, saliera de su silencio musical para interpretar, junto a la joven y bella Irene Triana Guzmán, joyas de la Carrilera y corrido mejicano como “La cuchilla” de Astrid Hadad, “El puente roto” de Víctor Cordero Aurrecoechea o “Estoy en la olleta” de José Arbey Loaiza.
Una milonga cómplice y arrabalera muestra la fuerza del amor que lo supera todo, esa misma que bailaron Gonzalo y Clarita ante la sombra de una enfermedad que fue vencida con tesón y amor profundo. Otro momento ilustre de la fiesta que se fijó en mi memoria.
Cuando suenan los acordes del “Bunde Tolimense” y cantamos al unísono los versos escritos por Nicanor Velásquez Ortiz:
“Nacer, vivir, morir
amando el Magdalena,
la pena se hace buena
y alegre el existir…”
nos florecen lágrimas de añoranza por la tierra de nuestros ancestros; igual que con “El limonar”, escrita por Rafael Barros. Con obras musicales del compositor huilense Jorge Villamil como “Al sur” y “El barcino” nos tocan las fibras más profundas del alma y recordamos la violencia que también nos ha tocado vivir.
Con letra compuesta por Sofía Gaitán de Reyes y música de Anselmo Durán Plazas “El Sanjuanero” es el Bambuco más recordado en nuestra familia, por tener su origen en la región del Tolima grande donde se celebran las fiestas de San Juan y San Pedro, y es sin lugar a dudas la obra musical que mejor refleja el sentimiento del encuentro familiar como en este fragmento:
“En mi tierra todo es gloria
cuando se canta el joropo, (bis)
y si es que se va a bailar
el mundo parece poco…
sigamos cantando, sigamos bailando,
sigamos cantando ¡carambas!
que me vuelvo loco.
Sírvame un trago de a cinco,
sírvame otro de a cincuenta,
y sirva y sirva sin descanso,
hasta que pierda la cuenta.
Y vamos a bailar al son de este joropo
la vida hay que gozar.”
Cantamos enamorados el merengue “Pájaro amarillo" del compositor soledeño Rafael Campo Miranda, el también merengue “La vieja Sara” del maestro Rafael Calixto Escalona Martínez, oriundo de Patillal, Cesar; los boleros “Toda una vida” del cubano Osvaldo Farrés, “El aguacate” del ecuatoriano Julio Jaramillo y “Sin ti” del compositor mejicano Pepe Guizar; así como el tango de Hernán Videla Flores “A unos ojos”, entre muchas otras canciones populares.
Y así, entre canto, baile, risa y jolgorio hacemos alguna pausa para cantar a pulmón herido el estribillo preferido de la abuela Silveria:
“Y esto
merece un trago,
merece dos,
merece muchos,
verdad de Dios.”
Esa es la Guzmanera.



























