Soy ladrón de revistas, las colecciono. Soy una especie de ‘revistófilo’. Sí, las robo sin sonrojarme, a veces, en cualquier sala de espera de oficina, aeropuerto, peluquería o consultorio, si encuentro alguna que valga la pena, le anuncio al encargado, y me la llevo.
También las compro, solo si se trata de “un periódico de ayer”, no tengo suscripción a revista alguna, persigo las ediciones pasadas de revistas fotográficas y de actualidad en ventorrillos y tiendas de libros viejos.
Así ha sido desde cuando, siendo niño, aprendía a leer y me escabullía en la biblioteca de papá para escuchar a hurtadillas el cassette de la novela sonora “El Flecha” de David Sánchez Juliao, mientras ojeaba las revistas Life, Cromos y Geo de su colección.
Allí estaba: GEO Volumen I, Número 2 de 1977 escondida en el anaquel a la vista de todos, pero a nadie más le interesaba sino a mí.
En la carátula resaltan las tres mayúsculas del nombre de la revista en rojo intenso, los titulares en letras amarillas, sello de tinta de $55 pesos.
Sobre la foto de portada, un guepardo hermoso y jadeante, palabras clave en el lomo: “GUEPARDO, CARNAVAL, GRECIA, CORAZÓN, SEGUNDA GUERRA MUNDIAL 2”.
En la contracarátula, la publicidad de Remy Martin, por ese entonces el coñac preferido de mis padres, el mismo que solo llegué disfrutar más de 30 años después en una degustación de esa casa francesa en Bogotá, cuyo sabor fuerte al comienzo y sutil al paladar estuvo por horas en mi boca.
Es una edición audaz, los titulares lo advierten: “El guepardo: ¿una carrera veloz para evitar su extinción?” Las fotografías espectaculares de varios autores muestran al guepardo en la planicie africana en todo su esplendor.
Lo que no advierte el magazine es que en algunas fotos se les ve con las fauces ensangrentadas devorando a una gacela o impala en la planicie africana.
Luego, la magia de “Las saturnales de Río”, un artículo sobre el Carnaval de Río de Janeiro con toda su alegría, fiesta frenética y por supuesto sus hermosas bailarinas de samba; “¿Los dioses aún viven en Grecia?” Yo digo que sí.
Hoy recuerdo el anuncio televisivo de National Geographic Channel de 2004: Natgeo “Vamos más lejos para que estés más cerca” o el de 2013 que dice: “no estuve ahí, pero lo vi en NatGeo” y en mi caso lo vi en la revista GEO.
Luego: “Germen y frutos de la cirugía cardiaca”, pieza que explora los adelantos de la ciencia médica en el conocimiento de los misterios del corazón a finales de la década de 1970, con fotografías de una cirugía de corazón abierto. Al final, la segunda parte de un reportaje exclusivo de GEO sobre la Segunda Guerra Mundial.
Quizás eso era lo que no quería mi papá que yo viera, demasiada sangre, demasiada piel, demasiada barbarie para un niño de 5 años (me imagino).
Ni modo, yo me devoraba la revista como el guepardo a su presa, él la escondía y yo la cazaba, la volvía a encontrar, la miraba una y mil veces para dejarla de nuevo en el anaquel y regresar al día siguiente.
Desde muy joven yo ya había empezado mi propia biblioteca, es pequeña si se le compara con los más de 3.000 títulos sobre historia que tiene mi padre en su biblioteca personal.
Entre mis libros y revistas está una colección de la revista Gatopardo: “nuestro norte es el sur”, mientras la revista fue editada en Colombia, desde la número cero, publicada en diciembre de 1999, en la que aparece en foto de portada la actriz y modelo chilena Leonor Varela, según el titular: “la amenaza de Jennifer López y Salma Hayek”; hasta la número 68 de mayo de 2006 con Keira Knightley en la portada y la nota editorial de despedida de Rafael Molano en páginas interiores.
Completar la colección con venta-libreros y puestos callejeros me tomó al menos dos años.
También tengo algunos números de revistas como Soho, National Geographic, Life y Rolling Stone, y alguna que otra de las que considero un botín pirata como la edición especial de la revista El Malpensante “Lecturas paradójicas” de Marzo 16 a Abril 30 de 2004. Nº53: “300 días en Afganistán”, la primera y, quizás, única vez que la revista dedicó toda su edición a un texto de un solo autor, texto que después se convertiría en un libro.
“300 días en Afganistán”, empezó como una serie de correos electrónicos de Natalia Aguirre Zimerman con su familia y amigos, para convertirse en una crónica que narra los detalles de la experiencia que vivió y lo que conoció de la cultura afgana esta colombiana durante su permanencia, entre septiembre de 2002 y julio de 2003, como médica ginecóloga al servicio de Médicos Sin Fronteras.
A veces me siento como Silk, el cleptómano carterista que aparece en la película de Steven Spilberg “Las aventuras de Tintín: el secreto del Unicornio”, pero luego se me pasa, son revistas viejas.
Intercambiar libros y revistas y compartir lecturas fue una forma de comunicación con mi padre. Una tarde, semanas antes de casarme, me llamó a su biblioteca y me dijo: -“creo que esta revista te gusta” y me entregó la GEO Vol. I Nº 2, 1977 con el guepardo en la carátula. Se abrió el cielo y sonó la música celestial. Esa revista es como el santo grial en mi biblioteca y ocupa el lugar más especial (está escondida en... no se los voy a decir).
En una ocasión, en un consultorio médico robé una edición de la Revista Semana por un artículo que titula “Un veterano aventurero” sobre un colombiano que peleó en la segunda guerra mundial y aún vive, “a propósito del aniversario 70 del desembarco en Normandía”, del mismísimo Día D, del que solo sobrevivieron 11 fotos de las 106 que tomó Robert Capa de la segunda oleada de invasión de tropas estadounidenses en la playa Omaha en Francia, porque el laboratorista cometió un error en el revelado. Desde entonces a ese testimonio histórico y periodístico, publicado por la revista LIFE el 19 de junio de 1944 con el título "Las playas de Normandía", se le conoce como “Las magníficas once” (The Magnificent Eleven).
Presto publiqué, con foto, en mi cuenta de Twitter: “Este artículo merecía la pena, y la adrenalina, de llevarme la Revista Semana del consultorio.”
Esa tarde, visitando mis padres, les relaté, con orgullo, mi aventura, mi mamá se queda mirándome con esa mirada profunda de las madres y me increpa: -“¿Cómo puedes hacer eso, cómo eres capaz de robarte una revista del consultorio? ¡Qué vergüenza!”, no supe qué responderle. Tenía que tener la revista.
Con cada una de sus siete letras, su nombre determinó su historia. Gonzalo es un nombre de origen germánico de amplio uso en países hispano parlantes.
Significa “preparado para el combate”. Y sí. Quienes conocieron a Gonzalo García Páez, mi padre, saben que era así.
Como todos los hombres grandes de la historia, él tuvo una vida marcada por la lucha. Y su brega, con cada célula, cada fibra y cada aliento, fue siempre por sobrevivir, por superar la inequidad y la pobreza, sobre todo, la de espíritu.
Aprendió desde muy pequeño que no hay nada fácil o gratis, todo viene con un precio. Su carácter, su personalidad, se pueden describir como la del tipo de personas que hacen que se mueva el mundo. Siempre supo lo qué había que hacer y siempre estuvo dispuesto a hacerlo, por su familia, por los suyos, por él mismo.
Como cuando Ana Silvia, su mamá, lo mandó a vender empanadas al circo, un perro lo atacó y se le cayeron las empanadas. Con siete años, ya sabía que debía vender empanadas porque eran el sustento de su familia.
Las recogió, las limpió como pudo y las vendió, si algún incauto preguntaba, él respondía que eran residuos de la grasa de cerdo, la mejor para hacer empanadas crocantes.
Por extraño que parezca en estos tiempos estridentes, a veces ligeros, a veces densos, de redes sociales y noticias falsas, él era un hombre de otro tiempo, complejo, íntegro, profundo, honesto, sincero, ágil de pensamiento, de palabra y, sobre todo, de acción.
Recorrió el mundo varias veces, a pié, a lomo de mula, en hamaca, en chalupa, tren, avión, carro, en campaña militar, hazaña aventurera y vía satélite siempre montado en las millones de letras, líneas y páginas de los libros que leyó y que se conservan en su biblioteca personal.
Cuando llegó a la Puerta de Brandenburgo en Berlín, ya la conocía, ya la había cruzado una y otra vez en la literatura histórica del siglo XX.
Además de las palabras y perspectivas de la vida, aprendió a comunicarse a través de los libros que recomendaba, prestaba y en ocasiones regalaba. Dejó un inventario detallado de sus libros. Si por casualidad alguien le quedó debiendo un libro, su nombre está inscrito en una lista memorable de ilustres lectores deudores sin remedio. Y les dejó dicho, con mucho cariño, que por favor los devuelvan.
Coleccionista de historias, siempre tenía una referencia, un recuerdo y una anécdota que contar. Admiró el arte y lo coleccionó. Disfrutaba el buen vivir, el bienestar para todos, ¿y quién no? Sabía que aún en los momentos más aciagos, una copa siempre hace la vida más llevadera, la bebida espirituosa tiene mejor sabor. Alimenta el alma.
También fue un coleccionista de la historia. Esos artefactos añejos que atesoró, son como vocales en los renglones de la historia con vínculos a tiempos remotos y gestas épicas. “Cada batalla es al mismo tiempo una victoria y una derrota” y él lo entendió mejor que nadie.
Con su espíritu aguerrido y liderazgo llegó a convertirse en el gran patriarca de la familia, siempre tuvo una palabra de consejo, aliento o de llamado de atención para quien lo necesitara, aunque no lo quisieras escuchar porque sabías que era cierto. En todas sus palabras y acciones siempre había una lección para mí. Fue como un padre para muchos, pero fue mi padre.
Ese juego de imágenes, historias y relatos de sitios, personajes y culturas distantes en las revistas contribuyeron a que me hiciera periodista; así que llegué al periodismo por mi interés en el relato visual que encontró su espacio en el magazine impreso con el formato del reportaje fotográfico del que hablaba Henri Cartier-Bresson.
Con el título de “inquietud teológica Número tres, el artista colombiano Winston Puello Barrios, enmarcando su grabado de 1980 el paisaje urbano del parque de los periodistas en Bogotá, con los cerros tutelares, el templete del Bolivar Orador, el arcángel Miguel, ángeles custodios y el cóndor andino, que siendo símbolo nacional no deja de ser un ave de rapiña, se pregunta: “¿hay periodistas en el parque?”.
Lo cierto es que hace mucho que no hay periodistas en el parque, pero entre las décadas de 1940 a 1960 en Bogotá, en este parque se reunían periodistas a intercambiar información dada la cercanía del parque de los periodistas a las salas de redacción de los periódicos más importantes del país para la época, a los despachos de las oficinas de gobierno y, por supuesto, a los cafés y tertuliaderos más tradicionales de la capital.
El origen de mi pasión por contar historias fue mi padre, Gonzalo García Páez, un gran hombre, desconocido para la historia que él conoció tan bien, pero, más que nada fue grande en la historia, en la historia de quienes cruzamos nuestra vida con la suya.
Fue grande en la historia de nosotros.













