Una foto, una pluma y un recuerdo
La última ocasión en la que nos reunimos mis padres, mi hermana y yo, a finales de 2019, recibí de mi padre, en un delicado marco de madera, una foto familiar memorable.

Todos se ponen frente a la cámara, las mujeres vestidas igual que una chapolera con blusa, pollera y pañuelo, cargando canastos y totumos de guarapo; los hombres de camisa y pantalón blancos, poncho, alpargatas y sombrero aguadeño, carriel paisa de 12 bolsillos (con secreto) que es el nombre que en la cultura cafetera le dan al "Carryall" a un maletín que usaban los ingleses que construían el ferrocarril a comienzos del siglo XX, tabaco en una mano, un trago de aguardiente en la otra, machete al cinto y bordón aperado, una guitarra para entonar música de carrilera. Unos bultos de café en el fondo y un gallo de pelea disecado completaban la puesta en escena, un símil del Paisaje Cultural Cafetero en el Parque del Café, en Montenegro, Quindío. Es una de las atracciones turísticas más queridas y solicitadas en el Parque, entre otras cosas, porque deja el registro oficial y el recuerdo imborrable (en una foto) de la visita al parque y de que se vivió la experiencia cafetera.


En 2004 Luis Arturo Silgado, su esposa Gloria González y sus dos hijas, Paola Sofía y Daniela fueron los primeros en posar, luego Efraín Silgado con su esposa, Yadira Villadiego y sus tres hijas, Ana María, Yadira Milena y Lila Esther se tomaron la foto. Por último, posaron Lila María Silgado y su hijo Jorge Arturo Silgado. Todos tienen la foto grupal colgada en casa, también hay una en la casa de Marina del Carmen Silgado. En la foto se puede ver a Pablo Suárez, esposo de Marina y a sus hijos Gisella Paulina, Sindy Sofía y Pablo Arturo. En todas las fotos aparece el gallo de pelea, disecado, desplumado, decadente.


María Clara estaba por cumplir su primer año, nuestros padres habían hecho un gran esfuerzo por compartir la navidad de 1980 con los abuelos y tíos en Los Ángeles, CA, donde vivían, el plan incluía visitar los parques de atracciones, uno de ellos: Knott's Berry Farm (los de la famosa mermelada). Además de tener la montaña rusa con el nombre de «La venganza de Moctezuma» tenía como principal atracción vivir la experiencia de la fiebre del oro en el salvaje oeste de finales del siglo XIX. Por supuesto que tenía un quiosco para tomarse la foto vestido de vaquero. Había un enorme vestier para elegir entre todas las prendas, tallas y colores, revólveres, escopetas y rifles para escoger y el inconfundible sombrero de vaquero.


En la foto está mi padre, Gonzalo García, a la izquierda, de pie, a su lado en el centro está Clara Inés Guzmán, mi madre, sentada en una mecedora de madera, lleva un vestido de encajes y cofia. Yo estoy a la derecha, sosteniendo un rifle en la mano izquierda. Los tres sonreímos, posamos con orgullo para la foto. Solo nosotros sabemos que mi hermana, María Clara, lleva dos días hospitalizada por deshidratación, los médicos nos sacaron del centro asistencial diciendo: «váyanse a casa, aquí no hay nada que puedan hacer», así que nos fuimos de paseo. La foto de tamaño postal ha estado colgada en la sala de la casa como el estandarte familiar desde hace más de 30 años.


En 2011 fui al Parque del Café a cubrir un evento, al pasar por en frente del quiosco de las fotos recordé que los Silgado cada vez que hablan de su viaje al Eje Cafetero suelen remembrar, con sorna, al gallo desplumado que yace disecado en las fotos que se han tomado miles de turistas desde que se abrió el Parque del Café en 1995. Entonces yo sucumbí ante la tentación de tomarme una foto con el único propósito socarrón de tener un objeto con qué alimentar la leyenda del decadente gallo de pelea colado en cada foto y, claro, arrancarle una pluma para tenerla como trofeo de mi hazaña. Así lo hice.


La última ocasión en la que nos reunimos mis padres, mi hermana y yo, a finales de 2019, recibí de mi padre, en un delicado marco de madera, el daguerrotipo de la foto aquella del viejo oeste. Resultó ser, para mi sorpresa, que aquella foto colgada en la sala es una copia ampliada y que el marco en el que vino el regalo es el refugio reciclado de una foto familiar de Álvaro Márquez Calle, amigo entrañable de mi padre y mi padrino putativo. Solo después de la muerte de mi madre pude traer la pieza y ponerla en el estudio. Hoy, aislado en mi casa, mientras escarbo entre mis recuerdos y unas cajas llenas de chécheres misteriosos, me encuentro de frente con esta corta historia de mi vida.

La foto sigue allí, colgada en la sala.