El badajo inmóvil
El badajo pende inmóvil dentro de la campana, en silencio. Salvo por algunas fiestas religiosas ya las campanas no doblan para nadie, son muy pocos quienes las mandan a hacer, este tiempo estrepitoso no entiende el repicar de las campanas.

Nobsa, Colombia. Sí. Él es un hombre de otro tiempo. Tiene los ojos claros, profundos, las manos pesadas y el espíritu liviano. Saúl Tristancho es el último representante de un linaje de fabricantes de campanas del pequeño pueblo de Nobsa en Boyacá, Colombia. Su memoria es el último tañer de una tradición de más de 200 años que heredó de su familia.
 
Con boñiga, barro, paja y madera, moldea y funde los metales para lograr el repicar característico de las campanas de los Tristancho. Esta tradición de fundir campanas en bronce con técnicas centenarias, en el pequeño taller de bahareque que lleva cerca de cien años funcionando, donde se moldearon innumerables campanas para casas, haciendas, iglesias y templos que suenan por todo Colombia, campanas que repican en iglesias de Francia, Alemania e Italia, hasta donde han llegado, terminará con él. 
 
El badajo pende inmóvil dentro de la campana, en silencio. Salvo por algunas fiestas religiosas ya las campanas no doblan para nadie, son muy pocos quienes las mandan a hacer, este tiempo estrepitoso no entiende el repicar de las campanas. La memoria del oficio de campanero se queda con Saúl, ningún integrante de su familia continuará con su quehacer, en su región nadie más recibe su legado. Su arte es una obra maestra del patrimonio cultural colombiano.